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El poder del “échale ganas” vs. la salud mental: reconocer cuando un consejo bienintencionado enmascara un problema real de estrés o depresión

En México, pocas frases son tan comunes —y tan ambiguas— como el “échale ganas”. Se dice para animar, para mostrar apoyo o para cerrar una conversación incómoda. En muchos casos nace de la buena intención. Sin embargo, cuando se trata de salud mental, este consejo puede convertirse en una forma sutil de minimizar el malestar emocional y desplazar problemas reales de estrés crónico o depresión hacia el terreno de la “falta de actitud”.

El problema del “échale ganas” no está en la frase en sí, sino en lo que implica cuando se usa como única respuesta. Sugiere que la solución depende exclusivamente de la voluntad individual, ignorando factores biológicos, psicológicos y sociales. La ciencia es clara: la depresión y los trastornos de ansiedad no son estados de ánimo pasajeros, sino condiciones complejas que involucran desequilibrios neuroquímicos, experiencias de vida, entorno y hábitos. Pedirle a alguien que simplemente “le eche ganas” es tan insuficiente como decirle a alguien con fiebre que “no piense en ello”.

Una señal de alerta es la duración del malestar. El estrés cotidiano suele ser temporal y está ligado a situaciones específicas. En cambio, cuando el cansancio emocional, la apatía, la irritabilidad o la tristeza persisten durante semanas y comienzan a afectar el trabajo, las relaciones o el autocuidado, no se trata solo de falta de motivación. El cuerpo y la mente están indicando que algo no está funcionando bien.

Otra señal clara es la desconexión entre esfuerzo y resultado. Las personas con depresión suelen estar intentando constantemente “poner de su parte”: se levantan, cumplen responsabilidades y siguen adelante, pero aun así se sienten vacías, agotadas o sin sentido. Escuchar un “échale ganas” en ese contexto puede generar culpa adicional, como si el problema fuera no esforzarse lo suficiente, cuando en realidad ya se está gastando más energía de la que se tiene.

El lenguaje también delata cuando hay un problema más profundo. Frases internas como “nada de lo que hago es suficiente”, “siempre estoy cansado” o “no disfruto lo que antes me gustaba” son indicadores importantes. En el caso del estrés crónico, el cuerpo puede manifestarse con insomnio, dolores musculares, problemas digestivos o enfermedades frecuentes. No son exageraciones: son respuestas fisiológicas a una sobrecarga sostenida.

Reconocer estos límites no significa victimizarse ni renunciar a la responsabilidad personal. Al contrario, implica entender que la salud mental requiere estrategias reales, no solo ánimo. Terapia psicológica, cambios en el entorno laboral, apoyo social, ejercicio adecuado y, en algunos casos, tratamiento médico, son herramientas concretas que van mucho más allá de la motivación momentánea.

También es importante revisar cómo acompañamos a otros. En lugar de recurrir automáticamente al “échale ganas”, escuchar sin juzgar, preguntar cómo se siente la persona o validar su experiencia puede ser mucho más útil. A veces, el mayor alivio no es un consejo, sino sentirse comprendido.

El “échale ganas” puede tener su lugar como gesto de cercanía en momentos puntuales, pero no debe sustituir la atención a señales claras de sufrimiento emocional. En una cultura que valora la resistencia y el aguante, aprender a distinguir entre un bache normal y un problema de salud mental es un acto de cuidado colectivo. Porque no todo se soluciona con ganas, y reconocerlo también es una forma de fortaleza.

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